El Molino, Fábrica Cultural

Un espacio apto para todo juego, para todo invento, para todo encuentro.

Contacto

Bv. Gálvez y Pedro Vittori
0342-4574745

Horarios

Miércoles a viernes: de 9 a 16 h.
Sábados, domingos y feriados: de 15 a 20 h.

El viejo molino harinero

Uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad de Santa Fe, recuperado y pensado como espacio público de encuentro ciudadano.

El molino que funcionó en este edificio debe entenderse como parte del proceso de modernización de la región, que tuvo dos vectores principales: la inmigración europea iniciada a mediados del siglo XIX y la introducción del ferrocarril hacia el fin de ese siglo e inicios del siguiente. A consecuencia del primer factor se originó una importante transformación social y económica al desarrollarse las colonias agrícolas del centro – oeste provincial, que dieron lugar a una pródiga producción de granos, en tanto que el ferrocarril mejoró la circulación de mercancías y personas favoreciendo también con ello la explotación de grandes áreas hasta entonces poco desarrolladas. La conjunción de estas condiciones, a las que se sumaría la inauguración del puerto de ultramar de la ciudad de Santa Fe en 1910, contribuyó ampliamente a la consolidación de la Argentina como nación agroexportadora.

Tres familias de origen italiano (Boero, Lupotti y Franchino) están vinculadas con la historia de la industria que se instaló en este edificio en 1895 y que comenzó a operar bajo el nombre de “Molino Ciudad de Santa Fe”, denominación que fue variando de acuerdo con la composición societaria, como “Lupotti-Franchino” y finalmente “Franchino”. 

Se inició ocupando una construcción existente que tenía una ubicación ventajosa sobre el bulevar (que a poco de haber sido abierto ya generaba buenas expectativas) y en proximidades de la traza ferroviaria del “Ferrocarril Santa Fe” (el que se conocería como “Ferrocarril Francés”), una empresa creada para conectar a las colonias y el territorio productivo de la provincia con la capital y las ciudades importantes. En 1903 esa compañía extendió un ramal que conectó directamente al molino con el sistema ferroviario, con lo que hizo posible que se recibiera por este medio el cereal para la molienda y también enviar la producción hacia el puerto y otros destinos. De este modo se consolidó un proceso industrial y económico que resultó exitoso durante décadas.

En 1920 un ciclón derribó la chimenea de mampostería, buena parte del edificio y unos silos de chapa. En consecuencia fueron realizadas nuevas obras, a cargo del constructor alemán Peter Adolf, que incluyeron los grandes silos de ladrillo. Pocos años después, en 1928, se reemplazó la planta motriz de calderas a vapor por motores eléctricos; para entonces, se alcanzaba una capacidad de molienda de 250 tn al día, entre trigo maíz. Luego de un incendio producido en 1961, que obligó a nuevas reparaciones, en los años siguientes se anexaron más silos de chapa en el sector de la esquina de Castellanos y República de Siria; la empresa continuaba en expansión y abriendo nuevos mercados hasta que, con la paralización del sistema ferroviario, entre otros motivos, comienza a declinar en la década de 1980, cerrando definitivamente en 1990.

Después de casi dos décadas de abandono, el edificio del molino fue rehabilitado por el gobierno provincial como espacio multifuncional dependiente del Ministerio de Innovación y Cultura. En 2010 se inauguró la primera etapa de El Molino, Fábrica Cultural, con un proyecto realizado por la Unidad de Proyectos Especiales (arquitectos Francisco Quijano y Luis Lleonart con el asesoramiento de los arquitectos Mario Corea Aiello, Silvana Codina y Claudio Vekstein). El plan incluyó el desmantelamiento del galpón de chapas que vinculaba los cuerpos principales, realizando allí una plaza pública caracterizada por la cobertura de 13 “bóvedas cáscara” (según un diseño original del arquitecto Amancio Williams); se quitaron también los silos metálicos sobre calle Castellanos (cuya traza quedó registrada en los canteros circulares que los representan) y se amplió la estructura del antiguo bloque del ala este.

Con la inauguración de las obras del ala oeste en 2019, esta suma de intervenciones reintegra a la ciudad un significativo conjunto arquitectónico que incorpora, a su idea de futuro, la memoria de su historia productiva.

Hoy, El Molino, Fábrica Cultural se eleva en una obra arquitectónica que se nutre de esas viejas historias y se presenta convertido en un edificio racionalista, íntegramente nuevo, con las bóvedas cáscaras de Williams, con el noble hormigón, con las transparencias, con las luces y las sombras. Un espacio público de encuentro ciudadano, donde el contacto con la materialidad es complejo y profundo.

Las bóvedas cáscara

Amancio Williams (1913-1989) estudió tres años de ingeniería sin terminar la carrera. Se dedicó por un tiempo a la aviación civil como piloto y luego retomó los estudios para graduarse en 1941 como arquitecto.

Si bien fueron muy pocos los trabajos de su trayectoria profesional que fueron construidos, sus propuestas fueron reconocidas como ensayos avanzados, exploratorios de las dimensiones creativas del proyecto arquitectónico. Su búsqueda de una arquitectura apropiada para las condiciones de la vida contemporánea dio forma a propuestas diversas, edificios pensados para distintas funciones pero concebidos según un ideario común: el de una arquitectura que se desarrollara en el espacio, que se expresara con las formas de una modernidad sin atenuantes, resolviera armoniosamente los aspectos funcionales de acuerdo con los cambios sociales y culturales de una nueva época, y que utilizara las técnicas más avanzadas como instrumento para alcanzar la perfección y la trascendencia.

La casa que junto con Delfina Gálvez (su mujer y también arquitecta) construyeron en Mar del Plata para el reconocido músico y compositor Alberto Williams, padre de Amancio, rápidamente logró un amplio reconocimiento. Realizada entre 1943 y 1945 en medio de un bosque, se establece como puente sobre un pequeño arroyo en una equilibrada relación entre arquitectura y naturaleza. La imagen conseguida, de gran pureza y síntesis formal, alcanzó una pronta difusión internacional en medios especializados ocupando páginas de revistas, libros y exhibiciones, que pusieron al joven arquitecto Williams en el centro de la escena de la arquitectura moderna.

A partir de ese logro, los innovadores proyectos que se sucedieron fueron sistemáticamente reproducidos en prestigiosas publicaciones especializadas. Trascendiendo el ámbito nacional (que se ocupó profusamente de hacerlos conocer), las más reconocidas revistas francesas, alemanas, italianas, norteamericanas y japonesas, entre otras de diversas procedencias, permitieron apreciar trabajos como la “Sala para el espectáculo plástico y el sonido en el espacio” (1942, una concepción de auditorio con acústica total y equilibrada), el “Aeropuerto para la ciudad de Buenos Aires” (1945, pistas de aterrizaje sobre el Río de la Plata pensadas para realizarse sobre pilotes de cemento, sin necesidad de rellenar el lecho del río), el “Edificio suspendido de oficinas” (1946, una gran estructura externa de hormigón armado, de cuya parte superior cuelgan los bloques de oficina de acero y vidrio) y muchos otros planteos, tuvieron asegurada su circulación y difusión en el mundo.

Estas obras hablan, también, de las visionarias propuestas en las que Amancio Williams imaginó nuevas formas de habitar y de construir dando a la técnica una dimensión poética, ideas de las cuales muchas quedaron plasmadas sólo en el papel, pero que desplazaron las fronteras de la arquitectura hacia nuevos horizontes, hacia los que se dirigieron más tarde quienes allí encontraron inspiración y caminos a continuar.

Las “bóvedas cáscara” de Amancio Williams y El Molino: relato de un encuentro

Entre 1948 y 1953, y por encargo de la Secretaría de Salud Pública de la Nación, Amancio Williams proyectó tres hospitales para localidades del interior de la provincia de Corrientes, una zona de clima subtropical, caluroso, con fuertes soles y lluvias intensas. 

Su propuesta para mitigar esas condiciones fue disponer un techo alto por encima, asegurando una generosa circulación de aire y proyección de sombras mediante la construcción de una “foresta artificial”.

El elemento con el que se realizaría este dispositivo era una pieza a la que dio el nombre de “bóveda cáscara”, una lámina de hormigón armado de doble curvatura, de planta cuadrada en el perímetro externo y circular en el centro, define que la evacuación de las aguas de lluvia se realice por el interior de la columna hueca. La delgada cáscara, de seis centímetros en los bordes, lograba resistencia por su forma y resultaba una pieza compleja de diseñar y calcular, ya que en ese tiempo aún no se habían desarrollado métodos científicos para este tipo de estructuras; por ello se realizaron numerosas pruebas con modelos a escala y cargas proporcionadas para verificar su capacidad resistente y definir las curvas que dieran la mejor relación posible entre el resultado estético y la función estructural.

Los hospitales no se construyeron pero esta pieza arquitectónica cobró dimensión icónica. Si bien se había originado para unas condiciones concretas, era un producto con valor propio, atemporal, universal y reproducible, un sistema, Williams lo utilizó en distintos proyectos posteriores con propósitos diversos (que tampoco se realizaron) y en 1966, en un pabellón de exposiciones para la empresa Bunge y Born, pudo ver materializadas dos de estas estructuras, que fueron demolidas al poco tiempo pero quedaron instaladas como imagen icónica asociada con su persona. Como celebración del cambio de milenio y homenaje al arquitecto, en el año 2000 Claudio Williams y el arquitecto Claudio Vekstein y realizaron dos de estas estructuras en la costa del Río de la Plata en Vicente López, logrando una sugerente situación cargada de simbolismo y valor escultórico en el paisaje.

En 2010 el Gobierno de la Provincia de Santa Fe inauguró la primera etapa de este espacio multifuncional llamado El Molino, Fábrica Cultural, concebido por la Unidad de Proyectos Especiales de la provincia, con una plaza pública parcialmente cubierta por 13 de estas

“bóvedas cáscaras”, contando con el asesoramiento de Claudio Williams, el arquitecto Vekstein y el ingeniero Tomás del Carril. En esta oportunidad —y a diferencia de las anteriores en que se utilizaron encofrados de madera— las estructuras (de 12 metros de alto, 11 de lado y con una separación de 1 metro entre sí) fueron construidas con moldes de plástico reforzado con fibra de vidrio (PRFV) divididos en secciones para su maniobrabilidad. 

Para la realización se montaron plataformas a unos 10 metros de altura sobre las que se instalaron los encofrados de a pares, trasladándolos hacia las posiciones siguientes a medida que se iban desencofrando. Con ello, se materializó un elemento arquitectónico que, en sí mismo, resulta una pieza fundamental en la representación de la arquitectura moderna en Argentina y que, desde su construcción en Santa Fe, caracteriza a esta zona de la ciudad con una fuerte e identificable impronta.  

Un ámbito de producción y acceso a bienes culturales, al encuentro de diversas disciplinas y a la democratización del diseño.

13

bóvedas cáscaras

3

pisos de juegos

53

visitantes en 2018

35

residentes culturales

13

estudiantes que nos visitaron

Recuperación

La obra de recuperación y refuncionalización comenzó en marzo de 2009 y fue llevada a cabo por la Unidad de Proyectos Especiales del Ministerio de Obras Públicas y Vivienda, en las personas de los arquitectos Luis Lleonart, Silvana Codina y Francisco Quijano; mientras que la planificación conceptual del espacio estuvo a cargo del equipo del Ministerio de Innovación y Cultura.
La primera etapa de la obra, que comprendió la recuperación del edificio que se erige sobre el margen este del complejo y sus espacios abiertos, entre ellos la calle pública con las Bóvedas Cáscara, se inauguró el 19 de diciembre de 2010.
Sobre el margen oeste, se encuentra un espacio que fue recuperado y refuncionalizado en una segunda etapa, la cual finalizó en mayo de 2019. Se trata de un nuevo proyecto, que sigue el lineamiento del espacio que funciona desde 2010, pero que incorporará características propias.
Este sector está dedicado a fomentar los emprendimientos de base cultural y creativa a través de acciones que promuevan el desarrollo de la producción escénica, audiovisual, web, multisoporte, editorial, discográfica y de diseño. Con esta obra quedó conformada la Primera Manzana Cultural de la ciudad de Santa Fe.
En este espacio también funciona La Tienda, un lugar donde diseñadores y diseñadoras locales exponen y comercialización sus productos, un sistema de economía cultural desde el cual se busca tender redes, juntar grupos y lograr espacios de solidaridad para aprender haciendo y compartiendo esto en diferentes encuentros.

Una fábrica cultural que busca el contacto con las materialidades más nobles y la articulación de programas de construcción intergeneracional, vivencial y lúdico para todas las edades, como una forma de contribuir al fomento de los vínculos afectivos y sociales.